Cuando tiempo atrás comenté con mis compañeros que mi mujer estaba embarazada y su reciente apetito voraz empezaba a comerme por los pies, parece que lo dije tan preocupado por mi economía familiar y los gastos que podría ocasionar la niña: que si pañales, que si biberones, que si papillas, que si ropa, que si una vacuna… que esta semana mis compañeros de trabajo me han regalado nueve bolsas de pañales y toallitas. Así que ya tenemos de todo para cuando nazca la niña. ¡Qué bestias!. Ha dicho mi mujer. El regalo venía con una tarjeta con las correspondientes dedicatorias:
“Para los amantes de las artes escénicas… ¡MUCHA MIERDA! En esta nueva etapa de vuestra vida”.
“Papás, coger lo mejor de cada uno y trasmitírselo a Alicia!. Un besazo”.
“Ya viene el primero!!. Vendrán más??. Para qué vamos a especular, no?. Dedícate a disfrutar y a trasmitir todo lo que tienes y sabes!!!. UN ABRAZOTE y ya sabes, a aguantar lloros, cacas, noches sin dormir… je, je!”.
“El mejor legado de unos padres a sus hijos… un poco de su tiempo cada día, un mucho de amor cada día y muchas, muchas sonrisas y muchos, muchos besos. Feliz viaje como padres (ya sin retorno!)”.
Lo cierto es que valoro y me emociona mucho ese detalle de mis compañeros, a pesar del destino que le aguarda y que yo tampoco manifieste esa emoción de manera efusiva. Espero estar a la altura para reconocer del mismo modo la paternidad que también vendrá pronto sobre dos de mis compañeras de trabajo. ¡Podríamos montar una guardería!.
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